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El juego por dentro le ha dado al Valencia la mejor racha de juego y resultados de la temporada. En diciembre, el club parecía avocado a pelear por las plazas de zona roja e incluso para pasarlas canutas por mantenerse en la Primera División española. Tras un diciembre y un enero más que convulso en un equipo que necesitaba reforzarse en varias posiciones del terreno de juego –y tras prometer cuatro fichajes- llegaron dos: Simone Zaza, el goleador que le faltaba al proyecto y Fabián Orellana, un mediapunta que se presentó en Valencia como una oportunidad de mercado que hasta un club sin estructura deportiva no se podía permitir dejarla escapar.

Toda la temporada se ha intentado jugar con un 4-3-3 como sistema base, algo que ha cambiado de manera muy efectiva tras la llega del chileno. Orellana, por dentro, en la mediapunta, es una autentica bendición. Hacía ya varios años que no se veía a en Mestalla una figura en el enganche como la de Fabián. Un jugador que tiene la libertad de movimientos por parte del entrenador, que se asocia de manera fenomenal con Parejo, Enzo y Carlos Soler y que tiene una cualidad que lo diferencia del resto de jugadores de esta plantilla: atrevimiento.

Orellana llegó sin haber vivido toda la hostilidad que ha pasado la plantilla desde agosto, con malos resultados, dimisiones y pañoladas. Demasiadas temporadas sin disfrutar en Mestalla de un jugador que juega en los tres cuartos de cancha y sobre todo, que se atreve a meter el balón por el hueco complicado, salvando las distancias eso que hacían Silva o Aimar para levantar de la butaca al público de la Avenida de Suecia. El cambio al 4-2-3-1 ha potenciado las características del chileno por dentro –en el Celta lo habíamos visto por banda- así como el entendimiento entre Parejo y Enzo Pérez que han empezado a mostrar una versión mejorada de su juego, todo esto aderezado con una referencia clara para los defensas rivales. Zaza no se lo piensa, recibe y encañona. Los goles no tardarán en llegar.

Foto: Gettyimages

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