Foto: Carla Cortés
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      A modo de preludio quiero dejar claro que la expresión del titular no la empleo por la consecución de una victoria apoteósica con un estadio entregado en cuerpo y alma a su equipo, pues lo cierto es que el encuentro que se disputó este domingo en el RCDE Stadium ante el RCD Espanyol fue un choque de esos que obligan a bajar al fango hasta al más pintado, en los que padeces hasta para salir de los vestuarios y en el que, como viene siendo la tónica habitual en este curso, el Valencia CF logró amarrar los 3 puntos exhibiendo una pegada y una lucidez en los metros finales que , sin embargo, no gozó de la compañía de ese orden que ha implantado Marcelino. Empleo más bien tal metáfora para remitir a Mestalla, ese templo que concentra todas y cada una de las almas que se niegan a despertar de un letargo que, a cada jornada que transcurre, empieza a metamorfosearse en realidad.

Es inevitable que todo valencianista experimente esa disyuntiva entre la conciencia y la tentación que tanto se suele incluir en los films bajo la representación de ese ángel y demonio reposados sobre el hombro del protagonista. Por una parte la conciencia de ser consciente de esa necesidad de encarnar en su piel la cautela, una cautela que todo aquel que se ha visto sumido en el más hondo pozo de la adversidad debería sujetar. Y, por otra, esa clara tentación del que lleva tanto tiempo atrapado en una preocupante espiral caracterizada por la ausencia de alegrías y desea volver a ilusionarse con lograr altas cotas. Muy complicado, sin duda, aunque se suele afirmar que en el término medio de la virtud y no sería para nada pretencioso pretender que las altas ambiciones embauquen la moral de las gentes sin abandonar el conocimiento de las limitaciones y circunstancias del fútbol actual.

El partido no fue mucho más de lo expresado anteriormente: un gran RCD Espanyol que mereció mucho más, un flojo partido en el cómputo global si nos atenemos a lo que nos tiene acostumbrados esta temporada el conjunto valencianista y, sin embargo, otra victoria que viaja a la Avenida de Aragón para permitir que los pupilos de Marcelino afiancen (aún más) la 2a plaza por encima de los dos gigantes de la capital de España. Y, por si eso no fuese poco, la próxima jornada visita el feudo valencianista el actual líder de la Liga Santander, el FC Barcelona, que disfruta de una ventaja de 4 puntos por encima del club ´ché´ y que llegará con las expectativas de ofrecer un espectáculo futbolístico que seguro presentará una textura y sabor similar al caviar para todo futbolero neutral y que, sin embargo, generará todo tipo de nervios en los implicados en la batalla que se librará sobre el césped de Mestalla.

Tal es el estado de euforia declarado en la parroquía valencianista que hasta la expulsión de Marcelino García Toral, que en distintas condiciones hubiese significado una alarma de dimensiones bíblicas, no genera ni una pizca de reducción en el latente optimismo. Sin más dilación, y sin pretender alargar mucho más esta columna en esta clase de contextos las palabras sobran, incito a la gente a deleitarse de esta odisea triunfal sin obviar en que lugar estábamos hace apenas medio año. Y es que, tal y como afirmó la escritora Sarah Ban Breathnach, “el mundo necesita soñadores y hacedores. Pero, especialmente, necesita soñadores que hacen”. Sigamos haciendo el próximo domingo.

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