Foto: Lázaro de la Peña

     Hacía acto de presencia el Valencia CF de Marcelino García Toral en Mendizorroza con la convicción de poder bordar su nombre en la historia y seguir alimentando una ambición que no parece tener barreras. Siguiendo la hoja de actuación lógica, se sumaron 3 puntos y el conjunto de la capital de Túria firmó su mejor arranque de la historia en las 10 primeras jornadas, con 24 puntos de 30 posibles, pero la labor no fue para nada sencilla. Los 95 minutos del choque transcurrieron entre el fango y las trincheras, en los que ambos equipos sacaron a relucir sus armas más hercúleas para intentar amarrar un partido que vendió muy caro un caudal enormemente preciado para los dispares intereses de ambos.

           Finalmente fueron los pupilos de Marcelino los que lograron canjear el botín a cambio de unos 3 puntos que les permiten mantenerse al acecho del recorrido de un FC Barcelona que parece construido para no conceder una tregua ante las constantes acometidas de sus perseguidores. No obstante, más allá de resultados, metas ligueras y contrincantes, son unas excelentes sensaciones que parecían irrecuperables hace solamente unos meses las que invitan al optimismo en el seno de la disciplina ché. No fue una nueva exhibición de ese juego rápido y combinativo que viene caracterizando a los blanquinegros, ya sea por la acusada baja de Dani Parejo en la sala de máquinas, por el agresivo planteamiento de un Deportivo Alavés que intentó constantemente frenar las acometidas de los valencianistas a golpe de faltas o, simplemente, por la aparición de ese mal día que todo ser vivo puede tener. Pero, a pesar del previsible desenlace que podría tener el guión planteado en estas últimas líneas, sorprende afirmar que la victoria viajó a Valencia gracias a la ya rutinaria aparición de esos dos arietes a los que otorgar el calificativo de estado de gracia sería escaso.

        Zaza y Rodrigo. Rodrigo y Zaza. Una pareja de baile que generaba dudas en el preludio del curso liguero y que, sin embargo, no cesan de acumular elogios por parte de propios y extraños en las últimas semanas. Y no es para menos, aglutinando 15 goles entre ambos solamente en la Liga Santander y exhibiendo una compenetración digna de un entendimiento que parece forjado a lo largo de muchos años de amistad. Primeramente fue el italiano dejó constancia de la gran autoconfianza que le acompaña actualmente, atreviéndose con una especie de ´auto-pase´ dentro del área alavesista y propinando un zapatazo con la derecha al balón para depositarlo en las redes de Pacheco.

       Se adelantaban, así, los valencianistas en el marcador, pero fue en el momento en el que menos comodidad experimentaba el Valencia CF sobre el terreno de juego y más confiaba el conjunto vitoriano en sus posibilidades cuando emergió la figura de Rodrigo. Forzó él mismo la pena máxima que, acompañado de los galones de capitán de los que gozaba, se encargó de transformar en el definitivo 1-2. Marcharon todos a celebrar el tanto con los valencianistas que se habían desplazado, dejando una prueba más de que no es necesario jugar en Mestalla para seguir demostrando esa conexión entre equipo y afición que les acompaña este curso.

        Por lo tanto, como recalcábamos en anteriores párrafos, no fue el mejor partido, pero se venció. No todos los días van a ser un camino de rosas, menos aún en una élite en la que todos luchan por sus altas cotas o por su supervivencia con el cuchillo entre los dientes, pero este conjunto de Marcelino está dotado de esa híbrida capacidad que les permite excelencia y sacrificio a partes iguales. La suerte del vencedor, lo llaman algunos, aunque personalmente prefiero denominarlo competitividad.

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