Foto: Lázaro de la Peña
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Un capitán no solamente se distingue por ser la cabeza visible de una tripulación, sino por ser el máximo responsable de una estructura jerarquizada que requiere de pequeños gestos y detalles en momentos puntuales que denoten la grandeza de su referente. Transcurría el minuto 80 de partido en Mestalla cuando Santi Mina, en una clara acción de pillería, provocaba el penalti de Diego Rico con el 2-0 en el marcador. A unos pocos metros Dani Parejo, como ejecutor habitual de las acciones a balón parado, amarraba el esférico para colocarlo en el punto de penalti cuando el gallego se le acercó para pedirle, con súplica incluida, que le diese la oportunidad de lanzarlo él. Sin ningún mal gesto ni ninguna mala cara, en una clara demostración de un liderazgo no solo futbolístico sino también personal, le cedió el balón para que anotase el 3-0 y sentenciase el encuentro.

Esta acción, que debería ser una secuencia totalmente lógica entre profesionales que se presuponen capacitados para soportar altas dosis de presión, aumenta aún más su valor en unos tiempos en los que multiplican los desplantes y las discusiones entre compañeros de equipo por el ansia de ser protagonistas en las portadas de los más reputados periódicos. Sin embargo el de Coslada, que goza de la más absoluta admiración de su entrenador, ofreció otra muestra de esa metamorfosis radical que le habíamos detectado jornadas atrás y que le permite disfrutar de su mejor momento en las 7 temporadas que lleva inmerso de la disciplina valencianista y, probablemente, de uno de los mejores de su carrera profesional. Un dulce momento que, sin embargo, no es suficiente para un Julen Lopetegui que no consideró incluirle en la convocatoria para los amistosos ante Rusia y Costa Rica. Es más, su respuesta al ser cuestionado en rueda de prensa sobre la ausencia del centrocampista madrileño resultó ser un tanto contraproducente al afirmar que está jugando muy bien, pero al final nos hemos decantado por otros compañeros”.

Solamente 24 horas más tarde, Dani Parejo le demostró (si es que tenía alguna credencial más que mostrar) que fue una equivocación desestimar su presencia en una concentración destinada a realizar probaturas y dar la oportunidad a aquellos que se la merecían. Su partido sumó en numerosas facetas y vertientes: anotó un libre directo con una inteligencia notable observando el hueco por debajo de la barrera, se ofreció cuando más lo necesitaba el equipo ante el asedio del CD Leganés, se sacrificó en labores defensivas con una intensidad desmedida y, como colofón, tuvo ese gesto de compañero con Santi Mina que hemos relatado más arriba.

Mestalla y el Valencia CF se sienten bien y eso es, en parte, gracias a la predisposición de un Parejo que ha visto en Marcelino ese estímulo necesario, una inspiración divina para trazar un fútbol renacentista y colosal sobre el óleo. El técnico lo sabe y, por ello, lo elogia cada vez que tiene la oportunidad, cómo en su comparecencia de ayer en la que afirmó que si Lopetegui llama a Parejo, lo llamará siempre”Las aptitudes del capitán valencianista eran una obviedad para muchos, pero el factor diferencial reside en la inestimable compañía actual de una vocación sobresaliente y un enorme respeto por parte de un vestuario que ven en él a esa punta de lanza capaz de guiarles hasta el fin del mundo.

No seré el que cuestione el grado de acierto de las decisiones del seleccionador español  y más cuando sus resultados están cercanos a la excelencia pero considero y creo que, si el sábado estuvo viendo el partido que se disputó en Mestalla, habrá agregado varias pizcas de duda a su determinación.

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