Cansado. Quizás no es la palabra con la que uno piensa que va a empezar un artículo sobre la ‘germanor’, pero antes de entrar en detalle en ese querido vocablo que nos deja el valenciano, quería dirigirme al lado opuesto, a su antónimo, para que de este modo quizás puedan entender mejor lo que quiero trasmitir.

La rivalidad es algo esencial, primordial, vital para aquello que llamamos deporte. El problema llega cuando unos cuantos descerebrados no saben gestionar esa rivalidad, llevándonos a episodios lamentables. Mencionados rápidamente, y que llegan de forma inmediata al recuerdo, son los enfrentamientos entre granadistas e ilicitanos, o botes de cerveza lanzados hacia el autobús del equipo rival. Ahí es donde va dirigido el cansancio al que hacía referencia.

Afortunadamente, no siempre existe el odio. También hay ocasiones, no muy abundantes, en las que dos aficiones se muestran unidas, se apoyan y, lo más importante, se respetan.  Respeto. Cuanto falta de eso últimamente, ¿no?.

Si las aficiones del Valencia y la del Elche tienen que estar orgullosas de algo, es de tener lo que apuntaba en el anterior párrafo. Tener amistad, hermandad, ‘germanor’ para los valencianos.

Tampoco quiero proyectar un mundo del deporte repleto de armonía y amistad. Para nada. Sería el fin quizás del mismo. Pero uno a veces tiene ganas de escapar de las cuantiosas tonterías que rodea en este caso al fútbol. Sinceramente, necesito por lo menos un día en el que pueda estar rodeado de aficionados del equipo contrario y poder sentirme cómodo. Necesito estar en la grada y ver a dos aficiones que intercambian cánticos de apoyo. Necesito ir por los alrededores del estadio y que una persona me pida intercambiar su bufanda. Necesito dar y recibir respeto. Tanto odio, que no rivalidad, cansa.

Cercana está la fecha del derbi. Este sábado reinará la ‘germanor’ en Mestalla. Una fiesta para todos aquellos que sienten, de verdad, los colores valencianistas e ilicitanos.

Quería destacar también una de las consecuencias que tiene la ‘germanor’. Es muy gratificante ver que un aficionado del Elche admira al Valencia, y es más, lo tiene como “segundo equipo”. Es así, y no son pocos. También ocurre desde el valencianismo, y como ejemplo me pongo a mí mismo. Nunca me he escondido, ni me esconderé, y como bien se dice “valencianista hasta la muerte” soy. Pero además de la bufanda valencianista, en mi habitación queda colgada también un bufanda franjiverde, pues después de mi Valencia, deseo y quiero todo lo mejor para el Elche.

Así es, yo estoy loco por que llegue el sábado. Una fecha rodeada en el calendario. Una fecha en la que espero que a ningún idiota le dé el venazo de estropearla. Y propongo un ejercicio: Si va el sábado al estadio, acérquese a un aficionado del equipo contrario, y realícese una fotografía con él. Inmortalice un momento inusual en esto que llamamos balompié.

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